De adolescente me obsesioné con Historia de un bebé, un reality show que seguía la vida de familias durante el nacimiento de sus hijos. El programa sólo censuraba las groserías y los genitales de las madres. Me encantaba que, aunque el final era siempre el mismo, ningún parto era igual a otro. 

“No me gusta que veas eso”, me dijo alguna vez mi mamá, “no quiero que le agarres miedo al dolor de parir”. Me pareció absurda su preocupación, total, los dolores son pasajeros.

Paola Palazón, una fiera defensora del bienestar emocional de las familias, ni siquiera recuerda haber sentido dolor cuando dio a luz. Después de un día pesado en el trabajo, se despertó en su cama, que estaba húmeda. “No podía dejar de hacer pipí, le decía a mi cabeza que parara y no podía”. Le faltaban unas semanas para dar a luz, su médico le había explicado que sentiría contracciones mucho antes de romper fuentes. La ausencia de dolores llevó a Paola a buscar diagnóstico en internet. Después de leer un par de artículos, prendió la luz del baño, la taza estaba llena de líquido amniótico.

“Tienes ocho horas en labor de parto, tendrías que haber sentido las contracciones”, le reclamaron las enfermeras en el hospital. Aunque el personal estaba nervioso, el médico decidió respetar los planes de Paola de tener un parto natural. “Vas a pujar con todas tus fuerzas cuando sientas las contracciones”, le dijo, pero Paola no sabía qué era una contracción, nunca la sintió.

“¿Por qué tenía que ser como ellos decían que tenía que ser?”, se pregunta Paola. “Todo está tan estandarizado, que si te sales de lo que dicen los libros, cuestionan tu experiencia. Igual con la maternidad, no puedes sentirte infeliz”. La experiencia de Paola con la depresión postparto la llevó a crear, junto con Mafer Olvera, una organización llamada Ser Mamá Hoy. El proyecto tiene como objetivo señalar que la sociedad no es empática con la maternidad y la paternidad, “porque la gente no habla de emociones, no habla de estas cosas”.

 

¿No puede una madre cantar el blues? (2012) es el título de una publicación de la American Psychological Association que rastrea la idealización de la maternidad en publicaciones científicas y populares del siglo XX. El estudio concluye que nuestra cultura se resiste a admitir que la maternidad es causa de angustia emocional, que preferimos “arreglar” a las madres para que se adapten su rol en lugar de flexibilizar los parámetros del rol. 

“No te puedes sentir mal, no le puedes decir al mundo que acabas de tener un bebé y que te sientes mal, porque no está bien visto”, confirma Paola.

Las madres han sido objeto de escrutinio cultural desde mediados del siglo XIX. El auge del psicoanálisis y de los medios impresos hizo que los conocimientos de los expertos en crianza pasaran con facilidad a las familias. Fue el inicio de la dinámica buena madre/mala madre. Los especialistas dictaban lo que una “madre normal” debía sentir y cómo debía actuar para desempeñar una maternidad exitosa. En 1944, Helene Deustch publicó La Psicología de la Mujer, un libro que argumentaba que la feminidad sólo podía lograrse al renunciar a las metas personales para realizarse a través de las actividades del esposo y de los hijos. Las madres no eran consideradas personas. 

El reality show de partos se llamaba Historia de un bebé, no Historia de una mamá ni Historia de una mamá y un bebé y mucho menos Historia de una mamá, un papá y un bebé. Después del parto, las mujeres quedaban fuera de foco. 

Las madres se quedan solas con sus dolores. ¿Era eso lo que trataba de advertirme mi mamá?

 

 

La Organización Panamericana de la Salud dice que 56% de las mujeres latinas en Estados Unidos y México sufren de depresión postparto. En ¿Es la depresión postparto una enfermedad de la civilización moderna? (2014), Jennifer Hahn-Holbrook y Martie Haselton sostienen que “aproximadamente 13% de las mujeres en todo el mundo experimentarán síntomas depresivos durante los primeros tres meses después del parto. Los síntomas depresivos provocan interrupciones perjudiciales en los comportamientos parentales, que están asociados con problemas maritales y déficits cognitivos, sociales y de salud en los niños. Estos síntomas pueden incluso conducir a un mayor riesgo de muerte infantil. Dados estos costos dramáticos, la simple existencia de la depresión posparto es un enigma evolutivo: ¿por qué existe?”. El artículo concluye que cuando éramos tribus de recolectores y cazadores consumíamos más omega-3, la lactancia no era un tabú y que las madres tenían apoyo social y emocional, tres factores que inciden directamente en la salud mental de las mujeres que son mamás. 

“Yo me tenía que sacar la leche en una sala de juntas que no tenía cerradura porque la otra opción era el baño y estaba negada a sacarme la leche en el baño. Mi producción de leche bajó”, cuenta Paola, que a pesar de todo, se considera afortunada por la flexibilidad que tuvo en el trabajo y su familia. Algunas madres deben dejar a sus bebés en una guardería 45 días después haberlos parido. “Ciudad de México es más pet friendly que kid friendly”. 

Para las fundadoras de Ser Mamá Hoy, es evidente que el bienestar de los hijos, del núcleo familiar y de la sociedad, dependen de la salud mental de las madres. “La mayor incidencia de suicidios está entre jóvenes y está comprobado que esas conductas de riesgo tienen que ver con problemas en la primera infancia”. Paola habla de proyecciones que prevén que la depresión será la principal razón de incapacidad de las mujeres: “La tasa de natalidad no va en descenso, muchos niños tendrán madres que emocionalmente no están bien”. 

En su libro La Mística Femenina (1963), Betty Friedan escribió: “No creo que sea una coincidencia que la creciente pasividad ―y la irrealidad onírica― de los niños de hoy se haya generalizado en los mismos años en los que que la mística femenina alentó a la gran mayoría de las mujeres estadounidenses ―incluidas las más capaces, y el creciente número de mujeres educadas― a abandonar sus propios sueños, e incluso su propia educación, para vivir a través de sus hijos. La ‘absorción’ de la personalidad del niño por parte de la madre de clase media ha aumentado inevitablemente durante estos años”. Para Friedan, el “problema sin nombre” de las amas de casa de los años sesenta estaba causando un importante deterioro en el carácter humano, algo que la autora creía que podía ser combatido procurando condiciones para que las madres tuvieran una vida propia.

“¿Podría hacer esto? ¿Lo haría bien? ¿De alguna forma podría seguir siendo yo?”, se pregunta Carrie Bradshaw en un episodio de Sex and the City en el que cree estar embarazada de Mr. Big. Sus preguntas me espantan más que todo el dolor de las mujeres de Historia de un bebé. Porque, si bien es cierto que las mujeres tienen más espacio para crecer, la maternidad sigue incluyendo el duelo por lo que se dejó de ser.

No sé si querré ser mamá algún día, pero Paola me recuerda que los hijos de los demás seguirán naciendo: “La solución no es que dejemos de parir, la solución es formar a hombres y mujeres conscientes. No sólo los que son padres y madres, los que aún no tienen hijos y los no quieren tenerlos también”.

Podemos ser más empáticos con la complejidad de emociones que llegan con la maternidad, podemos exigir cambios en las leyes para garantizar mejores condiciones para las madres y sus hijos. Citando a Maggie Comport: “Podríamos hacer más feliz la forma en que las mujeres experimentan el parto y la maternidad… si todos quisiéramos”.