Por: Brenda Conde

Desde hace varios años los pueblos indígenas han luchado por ser sujetos políticos que gocen de plenos derechos. Lo que tiene que pasar para que eso suceda no es menor: su lucha comprende el desafío de transformar el Estado. Pero para cambiar el futuro primero es necesario imaginarlo.

Sara Garzón, desde la disciplina del arte, le dedica su carrera a imaginar cómo las sociedades pueden pensar en una nueva relación entre la humanidad, la naturaleza y la tecnología. Como candidata a doctorado en Historia del Arte y Estudios Visuales en la Universidad de Cornell, considera el presente como una etapa histórica decisiva del capital frente al cambio climático.

Con una nueva década en puerta, Garzón trae a discusión cómo el pasado debe ser también un campo de lucha para enfrentar en toda su complejidad las crisis del presente. Su sugerencia es poderosa: desde el pensamiento y la cultura indígena, cambiar la idea que tenemos de tecnología para hacer posible el futuro. 

 

¿Qué balance haces del cierre de la década desde las visualidades?

El final de esta década destacó por los movimientos sociales. De entre las muchas urgencias para protestar, las comunidades originarias de las américas tomaron un rol protagónico. Desde el campo artístico vimos las resistencias como actos estéticos. 

El protagonismo logrado por comunidades originarias es muy importante para un planteamiento del futuro próximo o la sobrevivencia de la raza humana y ecosistema. 

La coyuntura social responde a emergencias climáticas que sobrepasan otros problemas que vivimos. De las violencias ambientales se derivan otras violencias, porque lo que está en duda es la posibilidad de cómo vamos a existir en el futuro si ya no hay agua, si no hay bosques, selvas y demás ecosistemas. Habrá que dejar atrás lo que nos divide como civilización para unirnos contra todas las amenazas que representa una crisis climática.

Mi línea de investigación plantea un futuro indígena, no en el sentido de la malinterpretación esencialista que quiere volver a tiempos antes de la conquista europea; más bien explora la posibilidad de existir en el futuro, mediante otras formas de relacionarnos entre humanos y con otras especies. 

Como vivimos en la era de las imágenes, la virtud de estudiar historia del arte es que nos enseña las mejores habilidades para leerlas. Las imágenes tienden a ser agentes sociales poderosos que la gente no sabe abordar. Como historiador desarrollas la capacidad de leer la imagen en su potencia como representación de la realidad.

Hoy estamos rodeados de imágenes que nos hacen creer que vamos hacia el fin del mundo y eso es muy peligroso. Desde el siglo XVI se usaba la idea de la desesperanza como instrumento político para aceptar el poder autocrático de la corona. Tenemos que pensar que el miedo y la incertidumbre del futuro son un instrumento político. No debemos caer en esa trampa, aunque es cierto que hay cambios climáticos graves. Ahí viene de nuevo el arte para abrir el futuro e insistir en las múltiples formas que toman las posibilidades de existir. La pregunta por la representación y el sentido de comunidad son dos de las grandes cuestiones de la nueva década. 

 

¿Cómo abordar la relación entre pasado, presente y futuro desde el arte?

Como historiadora, para mí es muy importante que la construcción del futuro próximo sea precisamente a partir del conocimiento del pasado. No se puede construir una nueva relación con el futuro si no reconstruimos el pasado. Una de las formas más importantes de resistencia es mirar críticamente el pasado y replantearnos nuestra relación con él. El pasado no es un hecho, emblema o monumento, sino una memoria colectiva, un espacio habitable. La historia es la que siempre nos va construyendo el futuro. 

Si no redefinimos cómo nos relacionamos con el pasado, nos costará mucho replantearnos qué tipo de futuro construiremos.

 

¿Cuáles son esas otras formas de relacionarse?

Es pensar en nuestra posición con el medio ambiente, nosotros mismos y la crisis.

Uno de los grandes peligros de la década es sentir que vivimos en una crisis inescapable. Los próximos años tendremos el reto de precisar cuáles de las formas en que nos relacionamos con el medio ambiente están en crisis. Debemos entender lo que la naturaleza significa para el ser humano, más allá de percibirla como la fuente de sustento para que podamos sobrevivir; tenemos que establecer una relación con el medio ambiente para garantizar una vida sostenible para todos. 

Nuestras relaciones deben enfocarse en la horizontalidad. Es necesario aprender a vivir de manera armónica y entender que debemos resolver la pregunta de cómo podemos desarrollar formas de convivencia basadas en la solidaridad. Debemos declararnos en solidaridad. Esto no quiere decir irnos a luchar las luchas de otros, sino entender que tenemos la necesidad de organizarnos porque todos vivimos cierta violencia.

En este momento de grandes urgencias la mayor es generar solidaridad.

 

¿A partir de tu investigación de las tecnologías y visualidades indígenas, qué forma de existencia dibujan ellas en el futuro?

Estudio la posibilidad de decolonizar la tecnología para retomar críticamente la relación entre colonialidad y destrucción del medio ambiente. La “tecnología” no es un aparato mecánico, sino una lógica capitalista. Esa definición la contrasto con la andina, en que la tecnología se entiende como un hecho social total, es decir, la construcción de redes en las que se comparte el conocimiento. 

Al hablar de robótica andina me refiero a aparatos que se comportan de manera similar a otros dispositivos, y cuya estética no busca encubrir la lógica tecnológica sino hacerla visible. Por eso los artistas indígenas cultivan una construcción manual que deja ver los cables, software y todo lo que hace que la máquina funcione. 

Muchos se plantean el futuro a partir de la ciencia ficción, pero el problema de este campo es que se imagina un futuro tecnócrata. Para mí lo importante de la crítica a la tecnología es precisamente desvirtuar la idea de que al futuro solo lo posibilita la tecnología. Creo que la tecnología no debe ser algo externo sino parte de la construcción del conocimiento y ahí la robótica indígena nos ayuda a entender que hay por conocer otras definiciones más allá de la ciencia.

 

Cuatro artistas para el futuro, por Sara Garzón:

Fernando Palma. Revista Código

Fernando Palma Rodríguez: El artista nahua construye un imaginario desde la robótica indígena, en el que combina personajes ancestrales de la cosmogonía nahua con una estética neo-indígena. Palma introduce una crítica a la tecnología moderna que forma parte de la destrucción del medio ambiente y de nuestros ecosistemas sociales.

Sin caer en un propuesta tecnócrata de futuro, Palma nos ayuda a concebir otras posibilidades para construir nuestra relación con el entorno. 

 

Elektra KB: A través de un mundo utópico-dystopico llamado La República Teocrática de Gaia (TROG), la artista presenta escenarios futuristas que hacen referencia a problemáticas actuales de migración, violencia y el control de los cuerpos. 

Recomiendo The Accidental Pursuit of the Stateless (2015), obra que se sitúa en un imaginario en la antigua ciudad Zapoteca de Monte Albán donde la combinación de temporalidades le permite proponer un imaginario futurista basado en realidades del pasado y el presente. 

 

Manuel Amaru Cholango: En su obra Narciso (2007), el artista kichwa presenta una instalación de video con diez ojos de buey que confrontan al espectador y regresan su mirada. Este intercambio de miradas y la consecuente proyección del visitante en un monitor nos permite pensar en una sensibilidad post-antropocéntrica que propone un futuro construido desde la perspectiva de interespecies. 

Narciso, bolas de vidrio, ojos de buey, cámara de vigilancia. RíoRevuelto.com

Alan Poma: En su instalación visual y sonora La Victoria Sobre el Sol (2011), el artista peruano hace una adaptación de la ópera futurista rusa que lleva el mismo nombre para crear un imaginario que combina iconografías rusas y andinas. Esta yuxtaposición no es para crear un mundo mejor, si no otra realidad posible, un mundo futurista andino. 

“La Victoria sobre el Sol”, dirigido por Alan Poma

 

Sara Garzón ha trabajado en el Museo Metropolitano de Arte como becaria curatorial Lifchez-Stronach, y en el Museo de Brooklyn como asociada de participación del público. recientemente ha curado una serie de exposiciones, como: No Todo lo que Brilla en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC, junio de 2019) en Guayaquil – Ecuador; Gestos de Poder, que contó con las obras colaborativas de la artista de performance venezolana Deborah Castillo y el compositor musical Icli Zitella (Profound Studio, Nueva York 2018); Nobilitas: Of Royal Blood and Other Myths, una muestra de la artista ecuatoriana Maria José Argenzio, que se inauguró en KB Espacio de Arte en Bogotá – Colombia (2017); y Revolution, una instalación y trabajo participativo de la artista libanesa Teresa Diehl para la Bienal 2016 del Consejo de las Artes de Cornell.

 Los escritos de Garzón han aparecido en Hemisferio: Culturas visuales de las Américas; Anamesa, un diario interdisciplinario; las revistas DASartes y Terremoto. Su artículo “Deborah Castillo: iconoclasia política y otras formas de desobediencia civil” también se ha incluido en el libro Deborah Castillo: Desobediencia radical editado por Diana Taylor e Irina Troconis (Hemipress, 2019).