Por: Sara Garzón 

La polémica generada a raíz de la obra del artista chiapaneco Fabián Cháirez en la exposición Emiliano. Zapata después de Zapata, plantea un cuestionamiento importante al respecto del sentido de sociedad que nos confronta hoy. Más allá del derecho a la libertad de expresión o los derechos de la comunidad LGBTQ, el cuadro “La revolución” y su estilizada figura de Zapata en tacones, ha puesto el ojo en el arte y su institucionalidad como el lugar donde se impugnan las luchas por la construcción de la democracia, definida desde su raíz demos, como cuerpo social. 

La discusión que encendió el cuadro ocurre en medio de las protestas feministas y otras urgentes luchas sociales. La presencia de los campesinos en el Palacio de Bellas Artes se añade a una oleada civil por la redefinición no de una identidad nacional como se podría percibir a primera vista, sino de la construcción de un sentido de sociedad más amplio.

Las múltiples lecturas de un héroe nacional como Emiliano Zapata, a partir de una exposición como la que el curador Luis Vargas propone en Bellas Artes, nos enfrenta a varias paradojas. A pesar de sus intentos por presentar diversas imágenes de Zapata, el carácter institucional del Palacio de Bellas Artes funciona como espacio de legitimación de la historia y otros repertorios estatales. Es ese aparato oficial el que incita a la manifestación de repertorios patrióticos expresados por medio de sectores de la sociedad como, precisamente, los grupos campesinos, quienes son los que les dan un sentido más contundente a estas imágenes. Esto sucede a partir de lo que ha constituido históricamente la lucha del pueblo por la representación social.

No sorprende que se presente este enfrentamiento entre la institución del arte y organizaciones campesinas. Más allá de ser una simple exposición de arte, la muestra legitima la narrativa histórica y le da vida a la memoria del pasado, no solo por medio de la obra artística como archivo, sino también al convocar los múltiples cuerpos sociales que la encarnan.

En el debate se ha querido desvirtuar la protesta campesina tachándola de ignorante, irrelevante y minúscula. Sin querer legitimar los argumentos homofóbicos y misóginos que se han planteado al respecto de su crítica a la obra, la protesta campesina en el museo es un eco de las representaciones de ese mismo campesinado en los murales de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, para quienes la imagen de las masas era el emblema de la construcción del contrato social a partir de su agencia como cuerpo político.

Antes de defender una idea particular de la nación a través de la exaltación de la masculinidad tradicional del héroe, —un aspecto que se debe poner en tela de juicio— la polémica nos confronta con un imaginario de sociedad del cual hoy, más que nunca, necesitamos avanzar. 

Esta construcción de la sociedad no puede excluir al campesinado como actor vital en la conformación de comunidad. Al deslegitimizar a estas organizaciones al respecto de un debate en el arte, se termina por instrumentalizar al museo como un agente de exclusión, autorizado a través de un argumento de superioridad cultural, a determinar qué sectores de la población son “inoperantes” en la construcción de la historia. 

Es esencial cuestionar el rol del museo. La institución es quien tradicionalmente se ha encargado de preservar y hasta enaltecer una idea particular de la historia de los pueblos en México. El museo tiene la responsabilidad de acercarse a los públicos y mediar para todos el valor del arte en la construcción de imaginarios múltiples, donde existan también espacios para el reposicionamiento de las figuras del pasado, puesto que esto nos permitirá una construcción heterogénea de la identidad.

A partir de las muchas urgencias sociales que nos interpelan hoy, el museo debe posicionarse como el espacio donde luchamos por nuestras varias —y en ocasiones contradictorias— apuestas por el pasado. El museo no debe ser el instrumento ni del Estado, ni de las clases urbanas “cultas” para afirmar una sola idea de sociedad.

Esta lucha no es tampoco una pelea a golpes, como lo creen algunos manifestantes, más bien es una negociación, un diálogo.

La pugna por los símbolos del pasado no es exclusiva de esta imagen de Emiliano Zapata. En toda Latinoamérica se cuestionan las representaciones patrias, como las del líder indígena revolucionario Túpac Amaru II en Perú, Simón Bolívar en Venezuela y Hernán Cortés en México.

La actual conmemoración de la conquista es un momento ideal para desafiar críticamente varios imaginarios culturales, pues ellos también representan el orden militar y heteropatriarcal que como símbolos nacionales continúan agrediendo a nuestra sociedad. Artistas como Javier Vargas Sotomayor —quien travistió a Tupac Amaru II en su obra gráfica— y Juan Domingo Dávila —quien feminizó a Bolívar— son casos comparables en la historia del arte reciente de América Latina. Ellos nos dan un necesario contexto sobre cómo la construcción del presente y el futuro de la sociedad está en juego en las luchas sociales y a través de negociaciones críticas con la historia.  

 Más allá de los inaceptables discursos excluyentes y de odio de quienes defienden una “idea” de Zapata, la exposición promovió, a partir de esta imagen en medios de los grupos campesinos tomando el Museo de Bellas Artes, una visión más completa de lo que está en el trasfondo de una exposición de este calibre: un planteamiento acerca de la forma en que el arte, más allá de ser una simple representación del pasado, es un mecanismo poderoso de legitimación de ciertas interpretaciones de la historia. La polémica por ende nos recuerda el hecho de que figuras icónicas como Zapata no tienen un significado único y estático, sino que son los muchos actores sociales quienes se apropian de las imágenes para darle un sentido a la historia. 

Nadie es dueño de la imagen de Zapata, pues no existe uno solo, hay muchos, si no infinitos, Zapatas.

Juan Domingo Dávila, El Libertador Simón Bolívar, 1994 / Javier Vargas Sotomayor, Original II: Dina-Amaru, de la serie “La Falsificación de Las Tupamaro,” 2006-2007.